diumenge, 28 de juny del 2026

Quesería Menorquina: la historia de un triunfo de nuestra industria

 El día 20 de junio se cumplen quince años del día en que los trabajadores y los directivos de Quesería Menorquina adquirían la compañía a Nueva Rumasa. La empresa se hallaba en una situación crítica; en 2011 la palabra de moda era desindustrialización. Había que ser muy valiente para asumir el reto de salvar una fábrica de queso fundido. No ha sido fácil; la historia algún día será estudiada en las facultades de Economía como un caso ejemplar de reflotamiento empresarial.


La operación suponía la remenorquinización de la empresa fundada por Pedro Montañés, que en 1992 había pasado a manos de Kraft. La multinacional americana invirtió y elevó la producción a cifras históricas, pero en 2008 anunció el cierre de la planta y el traslado de la fabricación de queso fundido a Namur (Bélgica). Sólo accedió, después de delicadas gestiones de Francisco Tutzó y bajo la presión social, a vender las instalaciones sin la marca El Caserío, con el único respaldo de Tranchetes, Santé y Quesilete, que suponían un tercio de la facturación. Así y todo, ninguna compañía quería cargar con una fábrica de dimensión nacional operada por 155 trabajadores y finalmente, solo gracias a la intervención del Govern Balear, Nueva Rumasa manifestó su disposición a adquirirla.

El 1 de julio de 2009 el holding de Ruiz Mateos asumía la propiedad de la empresa, que bautizaba con el nombre de Quesería Menorquina. En la etapa de Kraft, había perdido su entidad jurídica y era un simple centro productor; ahora la recuperaba dentro de la compleja arquitectura mercantil del grupo: su accionista era CARCESA, con sede en Badajoz. Quesería volvió a montar una estructura administrativa y comercial, lo que implicó aumentar el número de trabajadores. Sin embargo, Nueva Rumasa centralizó todos los cobros y pagos en otra sociedad gestionada exclusivamente por los Ruiz Mateos. 

Se acordó que los primeros seis meses se seguiría fabricando para Kraft, pero después empezaron los problemas. El primer trimestre de 2010, los directivos menorquines advirtieron que Nueva Rumasa había hipotecado los activos de Quesería por quince millones de euros, cantidad que no revirtió en la isla y de la que nunca nada más se supo. Ruiz Mateos se limitaba a drenar los recursos de la empresa, que avanzaba hacia la quiebra. Esta se encontraba ahogada porque no recibía del grupo los fondos necesarios para su funcionamiento. Tampoco existía ningún plan de negocio realista para alcanzar el elevado volumen de trabajo que precisaba para su viabilidad.


En esas circunstancias Francisco Tutzó tomó la iniciativa de negociar con el empresario jerezano la compra de la compañía. El planteamiento inicial de éste era draconiano: pedía cuatro o cinco millones de euros. Tras varias reuniones se consiguió el acuerdo para la compraventa por un precio simbólico, que no se pudo ejecutar porque a principios de 2011 Nueva Rumasa, que incluía a Quesería Menorquina, se declaró en concurso de acreedores, pero sería crucial para dar continuidad a la compañía.

La jueza nombró tres administradores concursales, de los cuales uno era común con la matriz CARCESA, lo que a la postre fue decisivo, porque poseía la información de ambas partes. Los menorquines se reunieron en Palma con la jueza y los administradores del concurso, que aceptaron desvincular a Quesería Menorquina de Nueva Rumasa. Sin embargo, era necesaria la aprobación de la jueza extremeña que llevaba el concurso de CARCESA.

La clave fue convencer a los administradores del concurso de esta que, si mantenía la vinculación, el valor de Quesería Menorquina, que era un activo de su balance, sería nulo o negativo, porque se tendría que liquidar y emergerían las pérdidas latentes. De hecho, fue la única sociedad que se vendió completa puesto que, en otros casos, sólo se adjudicaron marcas o fábricas.


Los trabajadores aceptaron, por práctica unanimidad, la propuesta de constituir una sociedad limitada laboral en la que los tres directivos (Francisco Tutzó, Jesús Esparza y Manuel Vecillas) se quedaran el 51%, lo que implicaba la capacidad de decisión, y los empleados el 49% restante. La compañía comenzó con 162 socios, de los que todavía mantiene 102, parte de ellos jubilados. El 20 de junio de 2011 se firmó la venta por el precio simbólico de 346 euros. Quesería retuvo todos los activos y pasivos. Las deudas ascendían a 24 millones de euros, más la hipoteca de 15.

En ese momento, Quesería prácticamente no funcionaba: había perdido a todos los clientes, salvo una gran superficie nacional, y no pagaba a sus proveedores ni a los payeses que elaboraban queso. Para continuar, contaron con un préstamo de un millón de euros del Govern Balear y del Consell Insular, del que la mitad se debía destinar a pagar a los ganaderos.

La empresa continuaba en concurso de acreedores, pero la administración concursal confió en los directivos para la gestión diaria. El hecho de no haber sido la causa del problema sino parte de la solución, facilitó la recuperación de los antiguos clientes, el primero Eroski, que les hizo un pedido de 300 toneladas, así como la de los proveedores.


Una cuestión importante era levantar la hipoteca que, al haberse hecho en perjuicio de Quesería Menorquina, podía anularse por la vía judicial, pero para no eternizar la situación se optó por negociar. Sin embargo, el Banco de Santander había cedido la deuda a un fondo holandés, lo que obligó a hacer gestiones a tres bandas hasta que se logró su substitución por otro préstamo de dos millones. En la operación se incluyó una póliza de crédito para pagar a los proveedores.

Fue muy duro. Los trabajadores pusieron por delante la viabilidad de la compañía aceptando retrasar el cobro de las nóminas para que se pudiera adquirir materia prima. En un año y medio se logró multiplicar la producción por cuatro y alcanzar el mínimo necesario para afrontar los elevados gastos fijos y de funcionamiento que tenía una planta tan grande.

Dado que la carga de trabajo era muy reducida, se aplicaba un ERTE flexible, en el que los operarios sólo acudían cuando había necesidad de fabricar. Sin embargo, para que la empresa pudiera subsistir esto no bastaba. En marzo de 2013 se aprobó un ERE, que afectó a 43 trabajadores; cerca de la mitad fueron prejubilaciones, pero 24 fueron despedidos después de años de trabajo y haber sufrido las penalidades de los últimos tiempos. Fue el momento más difícil desde el punto de vista humano.


Como se carecía de recursos financieros para pagar las indemnizaciones, se aceptó la oferta del Grupo Bel para la compra de la marca Tranchettes, con la condición de mantener la producción en Menorca, asegurando así una parte del empleo. El acuerdo se ha mantenido hasta la actualidad. Por último, se aprobó un plan de viabilidad que suponía reducir los salarios de todos los empleados un veinte por ciento.

Todo esto propició que en la primavera de 2014 se aprobara el convenio con los acreedores, que aceptaron una quita de sus deudas y un plazo de diez años para liquidarlas, porque la mayoría eran proveedores a los que les interesaba seguir trabajando con la compañía.

La recuperación de la empresa estuvo plagada de obstáculos. En 2015 se logró firmar un préstamo sindicado con tres entidades financieras y tres sociedades de garantía recíproca. En 2018 se realizó un intento de fusión con Quesería Ibérica, compañía palentina productora de materia prima y proveedora de la menorquina, con la que existían relaciones desde el principio, pero cuyas promesas no eran reales y pocos años más tarde acabaría siendo liquidada.


Para completar la recuperación financiera, en 2020 se realizó una primera ampliación de capital en la que participaron dos grupos empresariales menorquines. En 2021 se llevó a cabo una segunda a la que se unió el empresario mallorquín Eduardo Soriano. Así Quesería alcanzó los 5,5 millones de capital. Estos recursos permitieron liquidar la deuda concursal. 

De esta forma, en 2022 Quesería salió formalmente del concurso de acreedores, lo que constituye un gran éxito, puesto que sólo el 2% de las sociedades lo consiguen; el resto acaban siendo liquidadas. Ese año fue muy complicado, porque el estallido de la guerra de Ucrania provocó un repentino incremento del precio de todos los insumos, que solo se consiguió repercutir a los clientes con retraso y después de muchas discusiones. El apoyo financiero de los nuevos socios hizo posible la superación de la crisis.

Los años siguientes han sido francamente positivos, con unos beneficios crecientes. La cantidad transformada ha aumentado el 50% desde 2013 y en 2025 la facturación excedió ligeramente los 50 millones de euros y se obtuvo un EBITDA (beneficio antes de intereses, impuestos y amortizaciones) de 4 millones. El número de trabajadores ha aumentado hasta los 158. Constituye la mayor empresa agroalimentaria de Baleares y una de las principales de las que operan sin marca propia. Por volumen de producción de queso es la número 14 o 15 de España y tiene una cuota de mercado del 60% en porciones, una posición muy meritoria, porque se trata de un sector muy competitivo, con una fuerte presencia de multinacionales.

Han sido años muy penosos, con grandes sacrificios de los trabajadores y aplicación de los directivos, pero Quesería Menorquina ha demostrado que las empresas industriales de Menorca, si hacen las cosas bien, tienen futuro. Su reto es seguir mejorando la eficiencia productiva y fortalecer las exportaciones, ya que fabrica buenos productos.

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